sábado, 5 de diciembre de 2009

LA ALEGRÍA DE VIVIR

Tenemos que aceptar que ya estamos muertos, terrible pensamiento. Soy algo más vulgar que Cela y no podría afirmar como él que "tener miedo a la muerte es una vulgaridad", lo será pero a mí me da miedo, o mejor me asusta, me pone nervioso pensar en ella; lo hago cada día, intento afrontarla desde un punto de vista quizás equivocado pues busco su propio sentido, y me ahogo ante la eternidad a la que llego. Mi única certeza es que no se puede vivir sin la conciencia de la muerte, intentando separar de nuestra vida el inevitable final que le espera; creo que es el mejor agente relativizador, el hecho de pensar que hagas lo que hagas hoy no podrás dejar de morir, es un buen punto de equilibrio para afrontar con mesura las diferentes circustancias que nos ocupen. Aceptar la presencia del final otorga mayor relevancia a los diferentes estadios que vayamos superando, por irrepetibles e irrecuperables, tan solo huellas en la memoria.
Es por ello que debemos aceptar cada etapa de nuestra vida tal y como es, ofreciendo la respuesta más adecuada según el estadio vital en el que nos encontremos. También aceptar que son los momentos concretos los que llenan de sentido el constante paso del tiempo. Por ello se suele aceptar la vida como un aprendizaje, es algo tan simple como cierto, el verdadero sentido de la vida se entiende desde el aprendizaje constante de saber distinguir lo superfluo e irrelevante y centrarse en lo verdaderamente importante, constantemente recibimos lecciones al respecto; buscamos al fin y al cabo sentir cada momento como una consecuencia de nuestra voluntad.
En este aprendizaje, sustentado en la conciencia de la muerte, debemos encontrar la verdadera alegría de vivir. Centrar nuestras energías en lo verdaderamente importante, aceptar su valor efímero y sentirlo como una respuesta a nuestro atrevimiento.

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